Yo soy el Player 1

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Hace muchos años… cuando la Pataky aún estaba aceptable y los chistes de Chiquito partían la pana… en una época oscura en la que los ‘nintenderos’ se las veían contra los amantes de SEGA, y viceversa, existió una línea temporal comprendida entre llegar a casa después del cole y terminar los deberes, en la cual, llegaba la hora de viciarse…

En casa de otro.

Si por algo se reconoce a la década de los 90, no era solo por el programa insoportable de Leticia Sabater, sino por ese momento único, en el que algún primo, amigo o compañero de clase, tenía un juego que querías probar pero que tú, por alguna razón del destino, no poseías.  Así que, la única forma económica de jugarlo era irte a su casa, por la patilla.

Estaba claro que no ibas a pedírselo a tus padres porque todos sabíamos el pastizal que costaban y ahorrábamos nuestros deseos para la carta de los Reyes Magos con el fin de añadir otro juego a nuestra colección. Probarlo en casa de otra persona resonaba en nuestra cabeza como una opción muy rentable y caritativa pero, como todo hijo de vecino, cada casa tiene sus normas y no hablo de la educación o las costumbres; hablo de normas no escritas, presentes en nuestro día a día… hablo, claramente, de ser el Player 1.

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Todo parece muy bonito y jolgorioso cuando puedes jugar a un juego que no es tuyo, no has tenido que comprarlo pero aún así tienes acceso gratuito a él, como esas betas cutres a las que ahora nos tienen acostumbrados, pero sin ser betas; como ir a un videoclub y poder ver cualquier película allí mismo y, luego, volver a casa con una sensación de éxito y poder que pocos entienden. Eso sí, parafraseando al tío Ben, todo poder conlleva una gran responsabilidad…

Regla Nº 1 : Mi casa, mis normas.

Esta es la idea. Te vas a casa de otra persona, de tu edad (más o menos), y os sentáis delante de un televisor, estratégicamente colocado para sentaros en el suelo y, ¡cómo no!, mientras tu amigo inserta el cartucho, muy sutilmente, te mira con una sonrisa de oreja a oreja como si resonara algún concierto de Janis Joplin en su mente; un Cry Baby de fondo mientras, a cámara lenta, te da el mando del Segundo Jugador.

Y tú lo miras, con algo de resentimiento y aceptación, como un héroe abatido en su primera guerra, porque en el fondo sabes que es verdad. Aunque lo neguemos y nos cueste aceptarlo… en su lugar haríamos lo mismo y, claro, que encima que comes gratis… no ibas a tener el privilegio de ser, el Player 1.

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Regla Nº 2:  Yo voy primero.

Si eres tú el invitado: te toca tragar, pero tragar de lo lindo y es que no todos son flores en el reino de los caraduras, también tienes que apechugar, así que si tu amigo/primo te deja jugar con él: qué menos que, si el juego elegido es de un solo Player, él lo destripe primero.

Sí, y además en tu cara no importa si ya se lo ha pasado mil veces y tú te mueres por saber cómo empieza y descubrir con tus propias manos cómo funciona, pues él esta dispuesto a tener toda la iniciativa necesaria para que veas como espectador lo divertido que es, mientras tú, alma cándida, debes morderte las uñas y esperar a que dé un paso en falso y muera para que así llegue tu turno.

Por supuesto, eso tardará, ya que el “muy hijo de la Gran Bretaña” se ha pasado tantas horas jugando que se sabe de memoria cada fase, cada lugar oculto y cada vida extra que pueda recoger y eso… implicarán otros 10 minutos más esperando. Lo mejor de todo es cuando te toca, después de una larga espera, ilusionado agarras el mando, lo primero que se te ocurre es probar y probar, como si te fuera la vida en ello: qué es esto, para qué es aquello, pero estás en el nivel 5 y los enemigos no tienen paciencia, así que has esperado más de media hora para esos 5 minutos en los que descubres que ese, precisamente ese, no era el botón de disparo.

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Regla Nº 3: Mi mando lo ensucio yo.

Cuando invitas a alguien a casa, este debe tener un decoro. Es algo normal e inevitable y, aunque los niños sean niños, debemos reconocer, que la mayoría del tiempo, sabíamos perfectamente que estábamos siendo unos completos guarros. Son las 6 de la tarde, la hora perfecta de la merienda, la Santa Madre de tu amigo os ha preparado unos “ColaCaos”, os ha dado unas patatas fritas y unos bollicaos. Te sientes como un rey pues, al no ser tu madre, careces de ciertas obligaciones: si te levantas a quitar la mesa te dirá: “quita quita, que estás invitado”.

Es como ser “cascarilla de huevo ” o casi como si fueras de titanio: eres intocable, un mini-terminator. Si te preguntan algo: “Oye mira, ¿tu sabes donde…?”, automáticamente se enciende una bombillita en tu cabeza: “No, mira, ¡yo es que no vivo aquí”, es la frase mágica… nadie te molesta, nadie te incordia, un paraíso para el vagueras que todos llevamos dentro. Pero cuando te sientas en ese suelo frío: la cosa cambia. Y mucho.

Es el tablero de juego del otro: la pelota ni siquiera está en tu campo, el verdadero poder está en manos del Player 1. Llega la merienda, abres las patatas, agarras un puñado y te lo metes en la boca como si no hubiera mañana y, mientras masticas, tu amigo te mira, con los ojos como platos. Tío… ¡te estás pasando, te estás comiendo sus patatas!. Tú, al ser el intocable sabes que tienes poder, pero no sobre su consola, no sobre su mando, no sobre su mundo… Así que, sin comerlo ni beberlo, te dice: “con las manos sucias no tocas mi mando”.

Da igual si “el muy bastardo” ha cambiado el color de la consola a base de ganchitos o si sus manos quedan anaranjadas y rechupeteadas. Para su madre serás el intocable pero, para él, un pringao.
El Player 1 tiene más poder que tú y debes aceptarlo: o te lavas las manos y dejas de comerlas o no juegas.

Regla Nº 4: Yo solo presto a cambio de algo.

Suena mal y de mal agüero, pero es una verdad como un templo. En este mundo hay seres de todas clases: altos, bajitos, gordos, delgados, abogados… Y luego está tu amigo, a mí, personalmente, me gusta clasificar a los amigos en tres tipos:

El primero te lo presta todo. Absolutamente todo. Le da igual si el juego es nuevo: mientras él ya se lo haya terminado y no haya nada nuevo que descubrir en el cartucho, aunque para ti sea toda una aventura, sabes que él te lo va a dejar; y él sabe que te pasarás días, meses y años con ese juego perdido por tu casa antes de devolverlo… pero no le importa, así que te dice: “¿Cuál quieres?” y te lo da, le da un besito de despedida, pero te lo da.

Luego está el segundo. Este ya es un poco más negado y le cuesta mucho más compartir. Suele tener hermanos lo cual, en la gran mayoría de los casos, significa haber aceptado su derrota, en la que nada es completamente suyo, más de una vez. Se lo piensa, los clasifica… “Mira te puedo dejar estos de aquí”. Es como un tendero: se guarda su mejor arsenal para uso personal y, aunque en el fondo sabes que es buen chico, como todos los buenos chicos, se ha llevado muchos palos. Esto significa, que tiene algunos que no han sido devueltos y no recuerda a quién se los prestó, así que no tiene a quién reclamar.

Todos sabemos la gran pesadilla que es ser él. Conocemos, más que de sobra, ese sentimiento y no queremos rompérselo, así que no insistimos contra su corazón partido: nos llevamos alguno de la categoría “Me da igual perderlo” y nos vamos tan felices a casa.

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Y por último, queda el tercero: el más chungo de todo, el “revenío”, el agonioso, el hijo único y egoísta. Este, casualmente (no me preguntes por qué) suele ser tu mejor amigo. Él los tiene catalogados por: “Me da igual si es un juego de Barbie porque no te lo pienso prestar en la vida. Lo mío es mío y punto”.

Esa es su filosofía, pero como toda filosofía, flaquea por alguna parte y tú sabes perfectamente dónde se encuentra el talón de Aquiles que necesitas para alcanzar tu objetivo. No olvides que tiene complejo de banquero así que, como sus juegos son su reino, aplicará normas aparte de las que tu conocías: nuevas normas que jugarán a su favor siempre que le sea posible y, es que las que tú propongas, no le interesarán porque, para eso, el banquero es él.

Te ve ilusionado… ha visto ese brillo en tus ojos… sabe que él tiene EL JUEGO. Lees bien: EL JUEGO. Ese que tanto deseas, ese por el que le darías el almuerzo cada día por sólo prestártelo; así que, cuando le haces la famosa pregunta de si te lo presta o no, te dirá, evidentemente, que no.

No insistas, no hay tu tía, está dispuesto a negociar bajo sus propias condiciones, así que solo hay una pregunta formulada que él reconoce como válida: “Te dejo otro a cambio”. Ahora la has cagado, amigo, pero a base de bien, ahora vas a perder tu tesoro a cambio de otro que no sabes si merecerá la pena. Te ha marcado un “All In” de libro, han abierto juego y estás esperando sus cartas: es el todo o nada. Por desgracia, en la mayoría de los casos, él aceptará a cambio de tu mejor baza así que ahora está en tus manos aceptar esta jugada, o no, pero no aceptarla demostrará que no confías en él… ¿Qué hacer?.

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Regla Nº 5: El talón de Aquiles.

En la anterior normativa dije que existía un talón de Aquiles, una carta que podemos jugar y que bien hecha es una de las más poderosas conocidas. ¿Aún no recordáis cuál?. Os haré recordar: ¿sabéis de esas cosas que estáis obligados a hacer aunque no queráis porque así os lo dicen y no hay vuelta de hoja?. Pues una de esas pero, profundizando más aún… ¿recordáis ese juguete tan genial que tanto adorábais y con el que os pasábais horas y horas pero que, de repente, llegó vuestro primo pequeño el cual se volvió loco por él y, por alguna razón del destino, quiso llevárselo y, en vuestra negativa, se puso a llorar de tal manera que no tuvisteis alternativa alguna porque “hay que compartir”?. Sí, hijos míos, os hablo de ella, vuestra todopoderosa y omnipotente madre.

No importa quién tenga razón. El indestructible, el intocable, el defendido por la madre de tu amigo hasta que salgas por la puerta, eres tú. Así que te arriesgas, la oyes por la cocina merodeando y tramas tu plan genial. Te callas, es la hora de irte, recoges tu mochila y tus lápices; tu amigo, que es todo un caballero, te acompaña y, aunque vuestro trato se ha cerrado con un rotundo no, llegáis a la puerta de salida, su madre agarra las llaves del coche y justo antes que se ponga su chaqueta, sueltas la bomba.

“Ay, se me ha olvidado, ¿recuerdas ese juego que te dije?, ¿por qué no me lo prestas, por favor?”.

Hiroshima se quedó corta contigo. La cara de tu amigo es épica. Te odiará para siempre, y lo sabes, pero no te importa: no te importa en absoluto. Es un pequeño bastardo que no te ha dejado comer más patatas ni ser el Player 1. Se la has jugado a base de bien.

Su madre ha oído la frase alto y claro. Ahora tu amigo no tiene escapatoria porque, si se niega, se llevará la reprimenda del siglo y tú el juego y; si acepta, te lo dará igualmente, es un jaque mate de campeonato. Su madre lo mira: “Anda, *introduce nombre de tu amigo, dale el juego ese que se tiene que ir”. No hay palabras para describir su odio hacia tu persona pero lo has conseguido, enhorabuena, el juego es tuyo a cambio de nada.

Y ahora que ya sabes lo que pasa… recuerda que jamás, pero jamás de los jamases, debes invitarlo a tu casa. Te arriesgas a correr su misma suerte.

¡Un saludo, Player 2!

Pilar Jaime
Viciada de nacimiento, jugadora por naturaleza y artista de la bechamel. Amante de las natillas de vainilla y de perder el tiempo en su propio canal de YouTube.